Fragmento de “El Cuerpo, el Cosmos, el Gozo: la danza en la Vía”

 

En un primer momento, estos Movimientos suelen ser un gran shock para la practicante ya que ponen de manifiesto nuestra forma automática de funcionar. Nuestro acercamiento a ellos nos va a señalar cómo es nuestro acercamiento a la vida. Gurdjieff habla del «horror de la situación», necesitaremos coraje y muchas ganas de conocer la verdad para darnos cuenta de nuestra falta de atención, de honestidad, de voluntad y de nuestra incoherencia, egoísmo e infantilismo. No hay un «yo» que dirija mi vida, carezco de una estructura interna; en mí hay una masa amorfa de «yoes» discrepantes. En cualquier momento, de forma inconsciente, uno de ellos coge el mando para llevarme mecánicamente a los mismos lugares de siempre, generando las mismas reacciones de siempre, de modo que no doy una respuesta adecuada a la situación que vivo sino que sólo reacciono según mis condicionamientos. Ser capaz de mirar esto de frente y sufrirlo, es el primer paso hacia la transformación; si no veo ni siento la urgencia de Ser, no seré capaz de comenzar el heroico viaje que se requiere para llegar a la otra orilla.

El camino que propone Gurdjieff es un trabajo de Presencia anclado en el cuerpo, los Movimientos ponen en relación el cuerpo y la conciencia. Adiestramos la mente estando atentas a la respiración, al hara, a las posiciones, a las diversas secuencias, a los movimientos internos, a las sensaciones físicas, al grupo, a la música y al espacio. No hay lugar para la divagación. Mente y cuerpo se mantienen unidos y abiertos para alcanzar la calidad de presencia requerida y, cuando ambos van juntos, el corazón solo puede seguirlos. Los tres centros (mente, cuerpo y sentimiento) vibran armónicamente estableciéndose un nivel de Presencia y de simplicidad de otro orden.

«Yo no puedo hacerlo pero no puede ser hecho sin mí». Esta joya de Jeanne de Salzmann cargada de sabiduría, resume el Trabajo. No puede hacerse desde los lugares ordinarios, seguir la coreografía va a exigir un cambio de contexto a nivel psicológico y físico. La mente que continuamente saca conclusiones ha de rendirse para que podamos ver y sentir desde un lugar inteligente; las tensiones físicas también ceden, aparecen energías más finas y el «instrumento»[1] ─afinado gracias a una atenta práctica─ está disponible para servir a la energía de arriba o al Señor, como la denominan algunas tradiciones. El yo ordinario pierde así su fuerza y se establece una atención de una cualidad muy fina, abierta e inclusiva; el cuerpo, también despierto, se mueve con gran precisión, hay una sensación física de espacio y silencio.

Cabe aclarar que si bien estos momentos de «gloria» suceden, muy pocas personas son capaces de mantenerse ahí. Por otro lado, es importante recordar que los resultados no me pertenecen, hago lo que tengo que hacer pero los frutos de la acción no me corresponden. Hay fuerzas en juego que desconozco y sé que la única actitud inteligente, aunque no fácil, es de entrega a la Voluntad de Dios.

Por otro lado, ofrecen muchas posibilidades, cada uno participa desde donde está, todo el mundo, incluso niños, ancianos y personas con discapacidades pueden beneficiarse de los efectos que la atención, la música y los movimientos tienen en el cuerpo, en la mente y en el corazón. Sin embargo, como señala Pauline Dampierre la calidad de la experiencia depende directamente de la calidad del objetivo, si quiero desarrollar la conciencia necesito cultivar un estado de recogimiento y presencia mientras danzo.

de la Vega, Blanca. El Cuerpo, el Cosmos, el Gozo: la danza en la Vía. Libro colectivo de Fajardo, Olga. La experiencia contemplativa en la mística, la filosofía y el arte. Kairós, 2016 págs 247-249

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