Hay una fuerza centrífuga que de forma habitual domina el juego. Orientada a lo externo, en ella me pierdo cuando me identifico con los acontecimientos de la vida y/o con las reacciones internas hacia ellos, pensamientos, emociones y comportamientos que genera esta identificación. Desde aquí tan solo soy una marioneta en manos de fuerzas que me empujan en diversas direcciones, a menudo contrarias, las cuales no conozco.

A través de la oración, de la meditación o de la contemplación invierto esta fuerza para dirigirla a mi interior, desde la superficie hacia la profundidad, hacia mi centro. La lámpara de la vigilancia se enciende, atenta a las sensaciones físicas cada vez más sutiles, el movimiento mental disminuye, la respiración baja naturalmente al abdomen y aparece otra sensación de yo que sabe a calma y alegría.

El reto llega cuando voy hacia la vida y esta serenidad fraguada en el cojín se me escurre hipnotizada por algún pensamiento, a menudo ni siquiera atrayente. ¿Cómo me coloco en la vida, cómo me relaciono, bailo, trabajo, escribo, amo, leo, me enfado si es preciso?, ¿Cómo puedo zambullirme en el río de la Vida sin perderme?. Cito brevemente 7 aspectos interrelacionados entre sí, que considero importante cultivar.

1.- Lo primero que necesito es una meta clara y un fuerte deseo de conseguirla. El acceso al gran objetivo vendrá precedido de metas concretas y realistas determinadas gracias a lo aprendido a través las experiencia y de la observación. Si lo que anhelo es una vida vivida con Presencia y el punto de partida son treinta años de funcionamiento automático, iré poniéndome objetivos alcanzables como por ejemplo estar presente mientras me ducho, mientras como, meditar cada día, parar tres minutos durante 3 momentos del día u otras acciones que sé, necesito cultivar.

2.- Esfuerzo. Hay un trabajo previo de concentración, de disciplina mental que requiere insistir y que a menudo me cansa y aburre porque no consego mantener la mente quieta y silenciosa por mucho tiempo. En este punto encuentro de gran ayuda soltar las pretensiones, abandonar el anhelo de resultados para, sencillamente, conectar con la alegría inherente al simple hecho de ser, de estar, de respirar, de sentir. La humildad que llega cuando afronto de cara mi estado interno, el horror de la situación que diría Gurdjieff, nos lleva directamente al siguiente punto:

3.- Paciencia con una misma, sé que el equilibrio de estas dos fuerzas es probablemente uno de los objetivos más elevados y difíciles de conseguir. No es justo que me exija resultados poco realistas que solo van a aumentar el conflicto interno. Tengo que estar muy vigilante porque los mecanismos insanos de mi falsa personalidad intentan de forma cada vez más sutil, utilizar la Práctica para perpetuarse.

4.- Enlazando con el anterior punto, cultivo la Benevolencia, -primeramente conmigo misma-. Me pierdo, me doy cuenta y vuelvo con amabilidad, soltando los juicios que pueden aparecer cuando no correspondo con mi yo ideal imaginario e irreal. Juzgarme y no aceptarme tal como soy incondicionalmente, momento a momento, es una falta de amor hacia mí misma y hacia la Verdad.

5.- La Purificación de mi pensamiento, de mi cuerpo y de mis emociones son clave para la mayoría de nosotras. Hay una energía preciosa encerrada en cada uno de nuestros traumas no vividos plenamente, que dificulta enormemente la meditación y la presencia. La mayoría de los pensamientos y emociones que nos distraen son manifestaciones de   heridas, de tendencias latentes, de profundos deseos, de pulsiones, de miedos que necesitan ser comprendidos para sanar.

6.- Ayuda divina, no sabemos exactamente de qué depende nuestro éxito. sabemos que es importante practicar y hacernos atractivos a los ojos de Dios, pero no sabemos ni cuándo, ni cómo, ni por qué se abrirán las puertas, solo que hemos de estar allí, presentes, en el momento justo en el que se abran.

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