El ego en la Vía

Está de moda demonizar al ego. Escucho hablar del ego como si fuera algo malo a evitar, expresiones como “esta persona tiene un ego muy grande” denotan, desde mi humilde opinión, la creciente confusión que existe en el campo de la conciencia. Es mi intento recuperar el significado de las palabras porque a través de éstas ordenamos (o desordenamos) el conocimiento. Creo que no hay egos grandes o pequeños, hay egos con distintas personalidades, más o menos generosas, más o menos traumadas, más o menos narcisistas, más o menos conscientes, etc.

Ego significa yo, y, como estamos completamente identificados con él, funcionando desde sus parámetros, ni siquiera conocemos su profundidad. El ego aparece ya con la primera sensación de frío que experimentamos al salir del vientre de nuestra madre, con el sentido de separación que sentimos cuando pasamos de ser uno a ser dos (yo y mama, yo y el/lo otro).

Distintas tradiciones, distintos lenguajes, distintos métodos pero, durante un tiempo considerable, es el yo, el ego, el que camina hacia el no-yo. Desde este punto de vista, la muerte del ego significaría que podríamos experimentar en nuestros propios huesos la crucificación que sufrió el maestro Jesús con ecuanimidad, identificadas con el Todo (o con la Nada). Actualmente, la humanidad está muy lejos de esto, ni siquiera somos capaces de acoger con amabilidad y aceptación al otro (sea este otro el hambre, el frío, el dolor, la enfermedad u otra persona con ideas que no nos gusten).

Antes de pensar en la disolución del ego -lo importante para las personas que no podemos saltarnos las etapas- es afianzarnos en un ego sano, estructurado, lo suficientemente flexible y armónico para que pueda conectar y vivir desde la fuerza vital y la confianza. Un yo coherente que tiene la valentía de ver en su interior la decadencia del actual modelo de funcionamiento enfermo, caduco y sin sentido desde el que nos movemos (y que proyectamos en la sociedad) y decide apostar por parámetros cada vez menos automáticos, más inteligentes, más humanos. Un ego que empieza a cuestionarse la validez y veracidaz de sus programas basados en la supervivenvia y el miedo, que amplía la mirada, suelta y se va liberando, paulatinamente, de su laberinto psicológico particular.

Este ego aprende y goza abriéndose, incluyendo cada vez más aspectos de la realidad, y es esta facultad que va desarrollando, gracias a reconocer y permitir la existencia de la dualidad, de la diferencia, lo que le permitirá un día ampliarse totalmente y desaparacer

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