Cuando nos sentamos en el cojín, no siempre la práctica consiste en centrarnos en la respiración, en el hara y en las sensaciones físicas, al mismo tiempo que tratamos de no rechazar los pensamientos ni permitir que nos arrastren. Muchas veces es interesante permitir que la energía acumulada en el centro intelectual siga su proceso, a veces es tanta la carga que podemos incluso creer que estamos locas. Uno de los problemas que afrontamos a la hora de la meditación y también a la hora de vivir en coherencia con la gran Vida, es que llevamos siglos de sobre estimulación mental. Hemos abandonado el poder que reside en el bajo vientre, desconectados de nuestra verdadera identidad, de nuestra esencia, hemos depositado la confianza en un centro intelectual -a menudo ciego- dando la espalda a lo que sería vivir alineados, cuerpo, corazón y mente funcionando en una misma dirección.

Me gusta sentarme y después de un rato de caótico movimiento mental, sentir como el instrumento, él solo, sin ninguna intervención excepto la mera observación, camina paciente hacia la homeostasis como si este fuera el único escenario que le interesa, el único lugar en el que puede respirar profundo y tranquilo. Aparece un gusto por el equilibrio, por la práctica. La vigilancia, la observación dejan de ser ya esa pesada tarea imposible de estabilizar -ese maldito esfuerzo que se me exige si quiero progresar en la Vía y que continuamente pierdo- para convertirse en fuente de alegría y serenidad.

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *