Creando un Centro de Gravedad Permanente

El Hara, centro energético situado en el bajo vientre, es el lugar donde el espíritu deviene materia, donde lo universal toma tierra para comulgar con lo individual, es el centro de encarnación del Ser, nexo entre la física y la metafísica, sede de la Vida y su manifestación.

Dürckheim citaba el siguiente dicho japonés: “Pecho saliente vientre metido, un pueblo que hiciera de este precepto un precepto general estaría en gran peligro”. Esta plástica corporal refleja claramente la situación física y psíquica de nuestra sociedad actual absolutamente identificada con la imagen, con el yo personal, con las riquezas materiales y con todo lo referente al exterior.

Hemos abandonado nuestro centro vital, el ancla con la tierra -y consecuentemente el ancla con el cielo-  y con ello hemos dejado de nutrir el ser. Nos hemos convertido en una ruidosa sociedad infantil que se niega a madurar (http://movimientos-gurdjieff.net/la-infantilizacion-de-la-espiritualidad/). Soñamos con despertar pero no queremos soltar nuestras ilusiones y afrontar la verdad, preferimos realidades virtuales que conllevan relaciones superficiales, efímeras, presas de un egoísmo atroz, no tenemos en cuenta el medio ambiente ni el sufrimiento de los seres humanos.

Contrarrestar la tendencia centrífuga y volver a este centro vital supone girar la atención hacia dentro para reencontrarnos a nosotras mismas y entrar en comunión con la Vida. Supone desarrollar este espacio de fuerza -que no dureza- en nuestra base. Utilizando los Movimientos y otras prácticas, vamos progresivamente instalándonos en este lugar de paz, inmovilidad y silencio.

Cuando el movimiento, cuando nuestra respuesta a los eventos y nuestra actitud emanan de este lugar, la calidad, la dignidad y la elegancia de nuestro gesto marcan una diferencia en el mundo. Desde aquí nace un orden que estructura la postura interna, el cuerpo despierta a una atención sutil a través de la cual se auto-percibe y alinea. Al mismo tiempo, pensamientos y emociones se re-ordenan a través de un continuo reajuste que tiene su base en el vientre.

Para desarrollar toda la potencialidad del Hara es necesario que haya un anhelo de ir más allá de mi yo ordinario, de sus ideas preconcebidas y de sus emociones reactivas. Un deseo de volvernos receptivas a energías más altas y explorar así las distintas posibilidades que llevamos dentro. En el vientre se resuelven las tensiones de los contrarios, cielo – tierra, positivo – negativo, yang – yin. Descubrir este centro de gravedad inquebrantable nos da la estructura necesaria para dejar que la vida nos atraviese, siendo capaces de sostener las diversas experiencias que trae consigo la existencia, incluyendo también la estrechez de la personalidad. Los Movimientos constituyen una bella herramienta que nos permite desarrollar y cultivar el arte del Hara o haragei.

Creamos el hábito de situarnos en el vientre llevando la atención a su sensación. Colocadas aquí, sentimos el eje central en el que las fuerzas de gravedad y de elevación se alinean conectándonos con el Cielo y la Tierra. Ubicarme aquí, atenta, cuando mi mente agitada se encuentra con los miedos del corazón, en los momentos en los que afloran mis traumas sin resolver y convulsos movimientos de planetas se añaden a incómodos cambios hormonales, me ayuda a dar un sí a la inquietud del momento. Sin oponerme a este caos, anclada, puedo utilizar su fuerza para observarme, esta energía cristaliza así en formas más sutiles que jalonan el camino de la transformación.

Este camino interior se caracteriza por la discreción, no intenta conseguir la admiración externa, algunas de las personas que lo practican con todo su ser, pasan completamente desapercibidas, es más llegan a hacerse invisibles, una invisibilidad ante la cual no podemos más que inclinarnos. Una rara humildad y autenticidad que conmueve y despierta las ganas de seguir practicando en esta línea.

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